lunes, 31 de diciembre de 2007

Cuento de Navidad: lady Andro

La segunda participante, mi querida hermanísima, Andro, nos trae su versión del relato navideño.

¡¡Lastima!! (Kassandra, alias Kardis, pone ojitos a lo Himawari)
Que paseis una agradable nochevieja, no os atraganteis con las uvas, y el próximo año nos veamos todos.

¡¡FELIZ 2008 PARA TODOS MIS NIÑ@S!! Muchos besos y abrazos de vuestra Dama del Viento (a tiempo parcial diosa oscura y princesa troyana).




Las colosales puertas de metal se abrieron de par en par, permitiendo el acceso de una figura solitaria. Montada a caballo, recorrió varios metros al galope, se detuvo en el espacio central de la fortaleza y, tras bajar de su corcel, recorrió en pocas zancadas el camino que conducía a la morada de su señor. Intercambió algunas palabras con uno de los centinelas que montaban guardia y, tras permitírsele el paso, desapareció entre los muros de piedra, engullido por la oscuridad del castillo.


Mientras tanto, en el salón principal, apenas iluminado por el fuego de la chimenea, una voz ronca anunciaba la llegada del visitante.


  • Hazlo pasar -ordenó quien descansaba al fondo de la sala.

Segundos después, el recién llegado entró en la estancia sin hacer ruido, caminó por el espacio vacío y se aproximó hasta el lugar en que se encontraba el destinatario de su mensaje. Tras hacer una amplia reverencia, se arrodilló ante él e inclinó la cabeza hacia delante. No osó levantar el rostro hasta que le fue dirigida la palabra.


  • ¿Qué nuevas me traes? -preguntó con voz expectante la sombra que ocupaba el trono de madera-. Habla.

  • Mi señor -dijo el mensajero al tiempo que alzaba la mirada-, se confirman las buenas noticias de los últimos meses. Nuestras fuerzas empiezan a sobrepasar en número a las del enemigo, y hemos logrado que numerosas regiones caigan bajo el influjo de nuestros mejores hombres. Es cuestión de tiempo que toda la humanidad quede sumida en el caos y la desesperación -se detuvo un momento a contemplar la reacción de su interlocutor-. Vuestros planes se están cumpliendo según lo previsto.


Al escuchar aquella última afirmación, la figura que había ocupado el asiento se puso en pie casi de un salto, iniciando una frenética marcha que le conducía de un lado a otro de la habitación. Una enigmática sonrisa se perfiló en su rostro y no pudo reprimir una pequeña carcajada. Olvidando por completo la presencia del emisario, sus labios empezaron a entretejer frases ininteligibles, aunque, de vez en cuando, se distinguían palabras como “estupendo” o “magnífico”.


El mensajero, sin atreverse a abandonar su incómoda posición, se limitó a seguir con sus ojos el movimiento de aquella silueta majestuosa, quedando hipnotizado por el rítmico vaivén de sus ropajes y cabellos, negros como las plumas de un cuervo, y el continuo siseo que escapaba de su boca.


De pronto, como si sus pensamientos se hubiesen visto súbitamente interrumpidos, el dueño de tan tenebrosa efigie se dio la vuelta de improviso y salió de la sala sin decir palabra.


Acompañado por dos de sus hombres, se dirigió al exterior y pidió que ensillaran su caballo.


Varios subordinados corrieron raudos y veloces a las caballerizas, prepararon la montura de su amo, un fiero ejemplar de color azabache, y regresaron a la plaza principal junto con el animal. Uno de ellos le entregó las riendas con mano temblorosa y se hizo a un lado.


  • Señor -dijo uno de los que lo habían acompañado-, no creo que sea prudente salir en solitario.


  • ¿Osas contradecir mis deseos? -bramó desde su corcel el hombre de cabello negro y mirada aún más oscura.

  • No -contestó el primero bajando la cabeza-, simplemente opino que sería mejor esperar.

  • Ya he esperado demasiado -replicó el otro mientras iniciaba la marcha y las puertas se abrían-. Mi obra está a punto de concluir y necesito verla por mis propios ojos.


Nadie añadió nada más.


Jinete y montura se alejaron poco a poco y las puertas se cerraron otra vez.





El viento volvió a soplar con fuerza, haciendo aumentar el frío inclemente con cada nueva ráfaga. La nieve, caída durante todo el día y parte de la noche, comenzaba a acumularse peligrosamente sobre las ramas de los árboles. Algunos ya habían sucumbido bajo el peso de aquella nevada y otros estaban a punto de hacerlo. Un extenso manto blanco lo cubría todo, ocultando palmo a palmo los caminos y senderos que recorrían la tortuosa geografía del país, haciéndolo prácticamente intransitable.


A pesar de tan difícl escenario, el jinete había logrado llegar bastante lejos. Tonterías como la nieve o el gélido invierno no eran un obstáculo significativo para los de su especie. Esas eran cosas que tan sólo preocupaban a la débil raza de los humanos. Tan insignificantes, tan prescindibles. ¿Cómo habían logrado sobrevivir tanto tiempo? Meneó la cabeza disgustado. Le parecía todo un misterio.


Llegó a una zona boscosa, especialmente sombría, y detuvo su marcha al instante. Descendió al suelo con la agilidad de un felino y, después de atar las riendas a un árbol, dejó que su caballo recuperase el aliento.


Se adentró en el bosque y vio que a lo lejos se alzaba una pequeña ciudad, tímidamente iluminada por algunas luces diminutas. Espoleado por la curiosidad y deseoso de contemplar aquello de lo que tantos le habían informado, se dirigió a aquel extraño conglomerado de casas y callejuelas.


A medida que se acercaba, la sorpresa iba en aumento. Nunca había imaginado que por obra del mal pudiese conseguirse un resultado tan espectacular como aquel. Ciertamente, todo era más desconcertante de lo esperado.


Muchos de los antaño robustos edificios se encontraban medio derruidos, algunos manteniéndose ridículamente en pie sobre escuetos armazones de metal, apenas sustentados por un suelo lleno de escombros y deshechos. Las altas torres de las iglesias no eran una excepción. Muchas de ellas no eran más que un vago recuerdo formado por piedras acumuladas sin orden entorno a una retorcida cruz de metal. Otras ni siquiera habían sobrevivido al fuego impío de los incendios, consumidas hasta las cenizas por un calor abrasador.


Maravillado por tan dantesco espectáculo, la figura de cabello oscuro se adentró por las calles de la ciudad.


Aquí y allí, colocados alrededor de fogatas a punto de extinguirse, pequeños grupos de personas trataban de combatir el gélido invierno. Niños, jóvenes, ancianos, hombres y mujeres, todos eran la viva imagen de la desolación. Rostros contraídos por la pena y el dolor, ojos vacíos y sin vida, cuerpos desnutridos, sangre decorando sus rahídas vestiduras...


El silencio de la noche fue roto por el llanto de un niño.


Siguió caminando por lo que había sido una arteria principal de la población y llegó a una plazoleta llena de bancos, la mayoría de ellos destrozados. En uno de ellos, sin embargo, pudo distinguir la silueta de una joven que, tapando su rostro con ambas manos, blancas como el mármol, lloraba en soledad. Enfiló sus pasos hacia el lugar en que ésta se encontraba y se sentó a su lado.


Transcurrieron varios minutos y él seguía allí, mirándola fijamente, incapaz de despegar la vista de aquellos cabellos rojizos y enmarañados, de aquellas manos níveas empapadas por las lágrimas, de aquel pecho frágil y pequeño que subía y descendía atropelladamente con cada nuevo sollozo.


En ese momento, la muchacha levantó la cabeza, y sus ojos, verdes y brillantes como la más hermosa de las esmeraldas, se clavaron en aquel rostro rodeado de oscuridad.


  • ¿Por qué? -le preguntó con el corazón encogido.


Él se quedó sin palabras. No sabía qué le desconcertaba más, el hecho de que ella fuese capaz de mirarlo sin titubear, o la extraña y angustiosa sensación que empezaba a despertar en su corazón.


  • ¿Por qué? -volvió a repetir ella.


  • ¿Acaso puedes verme? -acertó a contestar el hombre- Eso es imposible... Nadie puede vernos, nadie debería hacerlo. Sólo nosotros tenemos esa capacidad -añadió con voz incrédula-. Los humanos sois demasiado simples, no podéis percibir nuestra presencia, ni siquiera cuando caminamos entre vosotros día tras día para manipular vuestro destino a nuestro antojo.


  • Te equivocas -comentó la muchacha tratando de enjugarse las lágrimas-. No soy ningún humano -el hombre se sorprendió aún más-, soy un espíritu como tú, aunque pertenecemos a bandos opuestos.


Fue entonces cuando la miró detenidamente. Aquellos ropajes, la blancura de su piel, el tenue brillo que desprendía su rostro,... ¿Cómo no se había dado cuenta antes?


Lo lógico hubiera sido acabar con ella en ese mismo momento, aplastarla como a un insignificante insecto con un movimiento de su mano. Al fin y al cabo, un enemigo era un enemigo; cuantos más pereciesen, más cerca estaría de lograr su objetivo. Si las fuerzas de la luz disminuían, el avance de la sombra sería inevitable. ¿Por qué dudaba entonces?


La miró una vez más y se estremeció ante la dolorosa visión que se desplegaba ante sus ojos. Ella se había echado a llorar de nuevo, agazapada sobre sí misma, con un llanto silencioso, como el de aquel que se ha perdido para siempre y sabe que jamás encontrará el camino de vuelta. Parecía tan sola, tan diminuta e insignificante.


Impulsado por un incomprensible sentimiento de piedad, la rodeó con sus brazos y se descubrió a sí mismo susurrando cosas en su oído mientras trataba de calmarla. Pensó que aquello era una locura, que un demonio como él no podía actuar de esa forma, que su comportamiento era inadmisible. Pero cuanto más luchaba contra ello, más fuerte era su abrazo, más ganas tenía de protegerla.


  • Nadie me recuerda -murmuró la muchacha contra su pecho-. Todos han perdido la fe y la esperanza. Ya no existe la felicidad ni el amor, es imposible encontrar una sola sonrisa, un solo gesto de bondad entre la gente, sólo hay sitio para la crueldad y el egoismo. Todo está perdido, todo...


Levantó la mirada y pareció sorprenderse al comprobar que estaba protegida por aquel hombre de oscuros ropajes, pero no se movió ni un milímetro y no trató de zafarse de aquellos brazos que la rodeaban con firmeza.


Sin duda alguna, era una imagen extraña. Se suponía que debían estar enfrentados, que durante milenios se había estado librando una temible guerra entre el bien y el mal, sin embargo, allí estaban ellos, abrazados en mitad de la noche, dando y recibiendo el consuelo que ella tanto necesitaba.


Finalmente, el hombre se decidió a romper el silencio que se había asentado entre ellos y, tomándola suavemente del mentón, se dirigió a ella con plabras dulces.


  • Sabes que la maldad nunca desaparecerá del todo, que la lucha es inevitable, que estamos condenados a enfrentarnos una y otra vez por algo tan mísero y a la vez tan sorprendente como este mundo en que nos encontramos -ella asintió con la cabeza mientras le escuchaba-. Pero, hay algo que sí puedo hacer -el pechó le latió con fuerza al mirar de nuevo aquellos ojos verdes-. Puedo devolverte parte de lo que has perdido -la muchacha lo miró sorprendida-. A partir de ahora, año tras año, durante unos cuantos días, decretaré un alto el fuego y haré que mis fuerzas se retiren de sus posiciones en tu honor. En esos días reinará la paz y la prosperidad, los hombres volverán a soñar con un mundo mejor, unirán sus voces en armonía, y recompondrán parte de la fraternidad rota durante el resto del año. Así, aun cuando la oscuridad logre penetrar en este mundo, aun cuando mi propósito se cumpla, siempre habrá un pequeño hueco para la alegría y la esperanza. Ése es el regalo que he decidido ofrecerte.


Plantó un beso en la frente de la muchacha y, rompiendo el abrazo que los había unido hasta el momento, se levantó del banco. Tras unos segundos de titubeo, comenzó a andar sin mirar atrás y se alejó en silencio de aquel lugar, acompañado todavía por el reconfortante calor de la joven con la que había estado minutos antes.


Su silueta apareció de nuevo en la zona de edificios e iglesias derruidas. Las fogatas seguían encendidas y la gente aún estaba colocada junto al fuego, aunque sus rostros reflejaban menos desesperación que antes y podía atisbarse un poco de alegría, la alegría contenida de quien sabe que le espera un futuro mejor.


La risa de un niño se coló en sus oidos y prosiguió su marcha hacia el bosque.

Mientras se alejaba, pudo escuchar los primeros cánticos y la nieve comenzó a caer de nuevo, esta vez con mayor suavidad.


Llegó junto a su caballo, que parecía haber perdido parte de su fiereza, y desató las riendas del árbol. Se detuvo un momento y levantando la vista al cielo pensó en ella una última vez.


  • Ni siquiera sé como te llamas -murmuró con cierta tristeza.


El viento arrastró una voz lejana, un sonido melodioso y dulce que parecía contestar: “Soy la Navidad”.

Fin

...


5 comentarios:

Kardis dijo...

L"·&s después de soltar unas cuantas risas con la historia de lady Sybelle... me ha emocionado...MUY BONITAAAAAA... (se me han escapado alguna lagrimita).

Estoy muy orgullosa de mis niñas, aunque me faltan dos...llegaran a tiempo o seran castigadas??

Me han gustadoooo... que tiernaaaa...

¡¡¡FELIZ Y PROSPERO 2008!!!

Pandora dijo...

¿Pero teníamos que hacer una historia seria? ¡Jajaja! La mía es una fumada. Eso es lo que pasa cuando la escribes el día 1 de enero después de estar de fiesta toda la noche.

Andrómaca dijo...

¡Feliz Año Nuevo!

Me alegro de que al final te gustase mi regalito de fin de año, Kagurilla.

La verdad es que el relato no me ha quedado todo lo fino y mono que yo hubiese querido, puede que tenga un puntito dark demasaido acentuado al principio, pero la falta de tiempo y la ausencia de inspiración han tenido mucho que ver en ello. Aun así, si a tí te ha gustado de verdad e incluso te ha llegado un poquito al alma (no llores mujer), con eso me conformo. Lo demás es secundario...

Por cierto, yo creo que el contenido de la historia es lo de menos, que aquí estamos para pasar el rato, pero como Pando ha preguntado si la historia tenía que ser seria o no, simplemente me he ajustado a las reglas que puso la dueña del blog: cuento de hadas en un mundo de tinieblas, con demonios y cosas por el estilo, así como un pequeño toque navideño. En cualquier caso, recordar los viejos tiempos en la facultad nunca viene mal, ji ji ji...

Besitos.

Sybelle dijo...

¡¡Hola!! Feliz Año Nuevo!!
Querida Andro ¿Dices que no tenías inspiración? ¡pues que será cuando la tengas! me ha encantado...¡es tan bonita! la mía demasiado loca, y esta es tan...¡ohhh, por un momento me he imaginado al mismísimo Sauron descendiendo de su pedestal y mostrando piedad!

Un beso

Kardis dijo...

Feliz Año!!

Uohhhh... digo lo que Sybi, menos mal que no estabas inspirada, si no...

Llevas razón, el concurso esta para pasar el rato, y desde luego me habeis hecho pasar un muy buen rato.

THANK YOU a las 3!!